Por segunda vez asistí a un curso de unas 16 horas en Urueña, impartido por Joan Quirós, un tipo valenciano con barba, y organizado por Esperanza Serrano. En esta ocasión, una aproximación a la letra insular, una letra que desde hacía muchos años me había impresionado. De hecho, la he practicado mucho y es, con sus variantes de modernidad, mi favorita.
Estudió este buen hombre el muy famoso Libro de Kells y así nos ahorró algún que otro esfuerzo. Un dosier con lo básico, unos libros sobre el particular y a escribir.
Pero, ¿de dónde me viene esta afición por las letras bellas? Bueno, mi padre escribía muy bien. Claro, procedía de un tiempo en que esta habilidad se valoraba. No obstante, fue don Francisco Blanco, don Paco, aquel maestro que tuve a la edad de ocho años en el Diego Laynez de abajo, quien me metió la letra, no con sangre, como se estilaba, pero sí con cierto temor. Con él aprendí a no salirme de las dos rayas, a espaciar las letras y a que aquello quedara chulo, chulo. Recuerdo que nos enseñaba a cómo unir unas letras con otras y lo más importante, lo veíamos escribir tanto en nuestro cuaderno como abierto de piernas en el encerado, aquellas bellas letras que él decía "redondillla" o "gótica", según se terciara.
En fin, un fin de semana interesante en la Villa del Libro, lugar recomendable para visitar, aunque, como en todos los pueblos de Castilla y León, he notado el cierre de librerías y demás desde la primera vez que estuve por allí.

0 comentarios:
Publicar un comentario